Piedra Florida. Estampas de Coatlicue

GALERÍA PELEGRÍN CLAVÉ
marzo 2014 - mayo 2014

El 13 de agosto de 1790, al cumplirse el aniversario de la caída de México-Tenochtitlán, surge inesperadamente en una excavación para nivelar el piso de la Plaza Mayor, un misterioso coloso de piedra que causa revuelo y curiosidad. Es uno de los más sensacionales hallazgos: a diosa Coatlicue. Encontramos en los testimonios de los primeros testigos la dificultad para expresar lo que estaban viendo: “sin pies ni cabeza” resulta más una sensación que una descripción.

A finales del siglo XVIII, las Reformas Borbónicas impactan en la Nueva España generando un nuevo orden que implica un reconocimiento de los derechos de los habitantes novohispanos, al mismo tiempo que la agonizante economía española, azolada por interminables guerras, impone nuevos impuestos en sus territorios de ultramar, en donde inevitablemente ocasiona un sentimiento de nacionalidad e independencia en las clases golpeadas por el régimen las nuevas ideas se encunan en la naciente sociedad mexicana, que crea la necesidad de valorar su pasado prehispánico, es en este escenario que ven la luz los monolitos mexicas más célebres: Coatlicue, la Piedra del Sol y la Piedra Tizoc. Estos sucesos nos pueden explicar el por qué de la decisión de conservar y estudiar estas piezas. Las guerras, los cambios políticos y sociales, conllevan siempre nuevos replanteamientos en la percepción de la estética.

La monumentalidad de la pieza, su contenido simbólico y religioso se sintetizan en una imagen que sirve para sostener ideológicamente al estado mexica, necesitado de crear elementos políticos que sostengan y justifiquen su creciente imperialismo. El oficio en el tratamiento de la piedra, su originalidad compositiva, el manejo magisterial del dramatismo y su profunda afectación anímica son atributos para considerar esta pieza dentro de las obras plásticas universales.

Pocas obras en la historia del arte han despertado tanta admiración e inquietud como la visión de Coatlicue. Un común denominador en su descripción en su reinterpretación. Cada testimonio, cada viajero, sea historiador, filósofo, poeta o científico nos da nuevas estampas, en las que se puede deducir una percepción que ha sido afectada por la calidad visual del monolito. La visión de Coatlicue nos revela y hace reflexionar en una lección de arte; este puede ser “sin pies ni cabeza”. La poderosa sensación estética que nos expresa es contemplativa, atemporal y universal donde la belleza y el horror se entrelazan hasta lo sublime.